sábado, 12 de septiembre de 2026Análisis sin ataduras
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México

Jóvenes en México cuestionan al feminismo institucionalizado pese a apoyar la igualdad

Las nuevas generaciones mexicanas refrendan su compromiso con la igualdad de género, aunque mantienen una postura crítica hacia las instituciones y colectivos que lideran el feminismo actual.

Redacción Criterio Abierto
Foto: proceso

En el contexto actual de septiembre de 2026, los jóvenes mexicanos muestran una clara distinción entre el principio fundamental de igualdad de género y la percepción de las organizaciones que han encabezado este movimiento durante años. Mientras que la demanda por derechos humanos y equidad sigue siendo un pilar compartido, sectores de la juventud han comenzado a cuestionar la eficacia y la legitimidad de las estructuras institucionales y colectivos que operan bajo la etiqueta feminista en el país.

Este fenómeno, observado en diversos espacios de incidencia pública, refleja un desgaste en la relación entre los movimientos sociales tradicionales y una generación que exige nuevas formas de interlocución. Los jóvenes no niegan el valor de los avances logrados en materia de derechos humanos y protección jurídica en décadas anteriores, pero señalan una desconexión creciente entre las agendas de las cúpulas organizativas y las necesidades cotidianas que perciben en sus entornos académicos y laborales.

La crítica se centra principalmente en la percepción de que las instituciones, tras décadas de buscar espacios de poder, han adoptado inercias burocráticas similares a las que originalmente pretendían transformar. Para muchos estudiantes y trabajadores jóvenes, la legitimidad de un movimiento no reside en su capacidad de incidir en la estructura gubernamental o mediática, sino en su capacidad de representar de manera horizontal y despojada de intereses gremiales la realidad de las mujeres mexicanas.

Analistas sociales sugieren que esta tendencia no representa un retroceso en la búsqueda de la equidad, sino una reconfiguración del activismo. Los jóvenes, más habituados a la organización digital y a la desconfianza hacia los liderazgos centralizados, buscan mecanismos de participación que se alejen de las jerarquías tradicionales. Este cambio de paradigma pone a prueba la vigencia de las organizaciones que, durante años, fueron consideradas las únicas interlocutoras válidas ante el Estado mexicano.

El desafío para los actores involucrados es mayúsculo en un momento donde las políticas públicas de igualdad son objeto de debate constante en el Congreso de la Unión. La tensión entre la institucionalización del feminismo y las demandas críticas de las nuevas generaciones sugiere un periodo de transición donde el concepto de igualdad permanece inalterable como meta, mientras que los métodos para alcanzarla se encuentran bajo un escrutinio sin precedentes.

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